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Que Siempre no – TEPEU
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 In Jaime Vam

Jaime Vam

Que siempre no

Seremos amigos. Esa fue la conclusión después de más de 5  besos.

Hoy la veo. Amigos, pienso.

Está bien. Lo acepto.

Pero es que es el tiempo. Estoy dispuesto a compartir el tiempo, a adaptarme; ahí es cuando ya se está cayendo.

Amigos.

Vivió en un país que no conozco. Lejano, extraño. Hay una costumbre que sucede allá: las mujeres dan un servicio de limpieza de orejas. Sí. Nunca se me hubiera ocurrido pagar un centavo por eso. Pero, ahora que lo pienso, es cierto, ¿qué puede haber más personal que la limpieza? Y la limpieza de las orejas mucho más que la mayoría.

Es un pudor difícil de ceder.

Puedo afirmar mi voluntad de entregar mis orejas en su regazo, con los brazos estirados y las manos relajadas a los lados de mi cuerpo. Y yo con gusto limpiaría las suyas, con cuidado, como si fueran cariños, acuciosamente.

Eso no se hace entre amigos. Se podría, no digo que no. Pero no se hace.

Esta tarea de continua restricción pareciera como una dieta. Hay pocas cosas tan tontas como las dietas.  Los pensamientos y los deseos no van paralelos. O es sí, o es no; pero cuando son las dos y se deja aparte ese espacio amplio con un radio ya marcado por el esfuerzo de palabras, obras y acuerdos, ¿para dónde camino? Y si me quedo quieto me acuerdo de que la vida es movimiento. ¿Cómo moverte hacia donde no hay atracción?

Debí de haber dicho “no”. Qué buena educación no recibida de forma adecuada antes, carajo. Pero qué belleza es ver esas enseñanzas siendo usadas con seguridad. Con un “no” se detienen tantos daños. Soy testigo.

Yo no soy así. No aprendí a decir que no. Allá, el otro día, necesitaban un riñón. Y ¿qué hizo Jaime? Le preguntaron que si regalaba uno y dijo que sí.  “¡No mames, Jaime! ¡Tú también necesitas el riñón!.. Pero ya dije que sí.”   Justo ahí es cuando cae el veinte, completo, con todo su peso. “Sí, es cierto, yo también necesito el riñón.” 

Decido regresar. Justo en ese momento subo la mirada y creo ver a la mujer que comparte el compromiso de mi riñón. Inmediatamente hago un intento vano de esconderme y mi cuerpo tartamudea. “Ya me vio. Sí, ya me vio.”

Ni para dónde ir. Hago el último esfuerzo de amarrarme las agujetas, para ver si así me hago invisible; a lo mejor y había algo atrás de mí que le interesó. Pero no, porque se escuchan los pasos venir. La esperanza muere al último, pienso. El taconeo se detiene y se escucha:

-Hola, Jaime. Oye, mil gracias por lo que estás haciendo. En verdad, no sabes cómo te lo agradezco.

-Hola, – contesto, mientras hago un gesto de esfuerzo –  ¿sabes qué?

– ¿Qué? – pregunta con una sonrisa apagada.

– Me da mucha pena,  pero… – no digo que no- yo creo que me voy a quedar mi riñón.

Y, claro, me pone una cara de: “No puede ser, mano. Me habías dicho que me ibas a regalar el riñón; yo ya contaba con él, quedamos a una hora, vine hasta acá…».
– O sea, -la sonrisa ya es mueca molesta- ahora me voy a tener que ir sin riñón cuando ya habíamos quedado.

Obviamente le va a ir a contar a sus amigas que Jaime, el del riñón, no es formal y entonces se va a armar un alboroto. La siguiente vez que salga me voy a estar cuidando a ver si no me encuentro a las amigas, tampoco voy a estar invitado a la fiesta de Conchita, en fin. Sigo el camino a casa.

Lo bueno es que tengo mis dos riñones, he aprendido que debo afrontar mejor mis decisiones, se escucha Time After Time cantada por Chet, y me acuerdo de mi amiga. Me doy cuenta: la extraño.

Sonrío, a pesar del tráfico.

“No quiero ser su amigo.”

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