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Libertad Y Democracia – TEPEU
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 In Sobre La Libertad

Sobre La Libertad

Libertad Y Democracia

En una democracia, la libertad constituye el valor central, fundacional. Es quizá por eso que la democracia nos seduce, una y otra vez, como la forma de organización política más deseable. Portando el broche de la libertad, los demócratas prometen una organización política capaz de dar una solución, cuando menos provisional, al más importante de nuestros problemas existenciales.

¿Realmente es así? A juzgar por la confusión existencial en que se encuentran gran parte de los hijos de la democracia, tal parece que un sistema político no funciona como garantía para resolver nuestras preguntas más importantes. Sería bueno tener en cuenta esta enorme desilusión para comenzar a pensar la cuestión de la libertad política y su relación con una libertad más amplia: la libertad humana.

Sin duda la libertad es, y ha sido, uno de los temas más importantes del pensamiento político occidental. Sin embargo, desde sus orígenes en la Grecia clásica, la filosofía ha tenido presente que la reflexión política va irremediablemente emparejada con la sabiduría, con la búsqueda de la verdad. Los diálogos de Platón parten de ese principio: si vale la pena dialogar sobre la libertad política no es tanto para decidir cuál es la mejor forma de gobierno, sino para invitar al banquete a nuestros dilemas humanos más profundos.

En el siglo XVI, Etienne de La Boétie observa la valiente resistencia de un caballo a ser encadenado: “muerde el freno, rechaza la espuela”. Asombrado, se lamenta por la gran desventura de los hombres quienes parecen haber olvidado perseverar en su gusto natural por la libertad. ¿La razón? No hemos tenido la valentía de cuestionar seriamente nuestra forma de vida y nuestros deseos. Si plantear la pregunta por la libertad no nos acalambra al menos por un instante, tomémoslo como un síntoma de estar demasiado acostumbrados a vivir encadenados y entumecidos.

La democracia educa a sus hijos a partir de una serie de valores y promesas. Entre una variedad de “libertades”, promete defender la libertad de acción (siempre y cuando esta acción no limite la libertad de los demás, por supuesto). Esto incluye la libertad de actuar con nuestro cuerpo, la cual podría traducirse, por ejemplo, en la “libertad de tránsito”. También promete garantizar la libertad de actuar a partir de ideas y conceptos mentales. A esto le ha llamado “libertad de expresión”.

A simple vista, es bastante obvio que esta particular forma de entender la “libertad” asume que necesariamente debe existir una condición externa capaz de garantizar que nuestro cuerpo y mente puedan actuar con libertad. Se tratan de “libertades” que, para protegerse, dependen de un Estado democrático, un espacio de control por encima del individuo y la sociedad. Se supone que el Estado es el encargado de que estas libertades funcionen en la práctica y de monitorear que no se conviertan en abusos que transgredan las libertades de los demás.

¿Es ésta la única forma de pensar la libertad? ¿Es necesario imponer una figura jerárquica como la precondición para garantizar, recordar y reconocer que realmente somos libres? ¿El dilema de la libertad humana dependería tan sólo de la “eficiencia” de un Estado democrático? Se trata de una pregunta muy relevante para cualquier sociedad. Aún cuando la democracia se define como el “régimen para la libertad”, quizá entorpece nuestras reflexiones sobre lo que realmente significa la libertad humana, una cuestión que trasciende el plano de cómo nos organizamos como sociedad aquí y ahora.

Por otra parte, la promesa democrática también podría estar ensombreciendo nuestro gusto natural por la libertad. La democracia decreta (al menos de manera implícita) que la exploración plena y libre de nuestro cuerpo y mente –es decir, el conocimiento de nosotros mismos y nuestra naturaleza– sólo puede completarse a través del patrocinio del Estado. Esto implicaría admitir que la búsqueda de la libertad es dependiente de factores externos a la experiencia humana, tal como un sistema político particular. También, parece obligarnos a “tolerar” un sistema jerárquico donde la dominación de unos hombres sobre otros se justifica como un “mal necesario”. Para una sociedad que asume la dominación y el control como la única vía, la sencilla sugerencia de descubrir la libertad a través de la intención de conocerse a sí mismo resultaría una tarea demasiado amenazante, casi imposible.

Quizá contarnos tantas veces la historia de que la democracia es el “régimen para la libertad” nos ha eximido de tomar plena responsabilidad sobre la forma de vida que elegimos. En realidad, podría convertirnos en hombres un tanto flojos. La libertad ha dejado de ser un dilema que nos corresponde como individuos. ¿Por qué habremos de ejercitar nuestro espíritu conociéndonos a nosotros mismos si la democracia tan sólo nos exige que actuemos como ciudadanos, es decir, que apoyemos un programa político capaz de garantizar externamente nuestras “libertades”? En un contexto tal, es probable que la exploración de nuestra naturaleza humana, nuestro estado de conciencia y nuestra capacidad para la sabiduría, pase a un segundo plano. Parecería más sencillo culpar a un proyecto político de todo aquello que, con desdén, nos resistimos a ver y reconocer dentro de nosotros mismos.

Si hay algo que se deja de lado con esta actitud es el punto de vista de la sabiduría: la posibilidad de que cada quien reconozca la libertad como un deseo inherente a su propia naturaleza. En otras palabras, corremos el riesgo de que la democracia nos haga pensar que nuestra libertad depende más de un sistema político particular y no tanto de un ejercicio introspectivo que intenta plantear la pregunta por la libertad desde nuestra conciencia. Por esta razón, no se trata de convocar a la revolución, de “cambiar al sistema” o de culpar a la democracia por nuestros problemas existenciales. Corremos el riesgo de quejarnos demasiado sobre lo que pasa allá afuera sin siquiera conocer y reconocer plenamente cuáles han sido nuestras prioridades y decisiones y, sobre todo, el estado de conciencia con el cual hemos planteado estos dilemas.

Filósofos libertarios como Platón, Etienne de La Boétie, J.J. Rousseau nos recuerdan una y otra vez la importancia de estar alertas a ese peligro permanente: el peligro de olvidar la pregunta por la Libertad y por la virtud a la luz del fracaso de una libertad política. En diálogo con estos pensadores (y seguramente con el de muchos otros), esta columna intentará dar algunas pistas sobre cómo mantener viva la pregunta por la libertad en nuestra conciencia, abriendo sus alas en espacios donde todos podemos reconocernos: el arte, el deseo, la amistad, el amor, la muerte, el espíritu.

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