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Invitados – TEPEU

Plácido Sin Domingos

ARANXA BELLO

Plácido Sin Domingos

 Plácido. Así se llama. O eso me dijo la otra noche. Pero lleva una vida todo menos plácida. Jamás había conocido una persona cuya existencia configurara de forma tan perfecta un oxímoron.
Creo que por lo anterior es que me veo empujada a imaginar que Plácido no lleva una vida ni tranquila, ni sosegada, pues si así fuera, su existencia transmitiría una sensación de paz. Y a mí, más bien me corroe una zozobra inmensa verlo, día tras día, mes tras mes, en la misma esquina de Miguel Ángel de Quevedo y Avenida Pacífico.

 Aquella noche en la que le pregunté por su nombre y me respondió en un susurro “me llamo Plácido”, no pude más que pensar en lo irónico que era que la única otra persona que yo conocía con ese mismo nombre tenía aquello que tanto carecía el hombre que en ese momento tenía frente a mí. El que este hombre escuálido y silenciado tras años de supervivencia en las calles de la Ciudad de México, compartiera nombre con alguien como Plácido Domingo, al cual evidentemente le sobra voz con la cual plantarse ante el mundo, me parecía una broma siniestra del universo.

 Pero la realidad es que yo no sé nada de Plácido, solo sé de la mortificación que me causa verlo cada noche -así haga un frío que cala los huesos o un calor insufrible- con la misma playera rasgada y corroída. Supongo que el seguir mi camino para ignorar las telas de araña que se forman en mis ojos, y acelerar para apaciguar los vuelcos que da mi estómago cuando pienso en las llagas que seguro se han formado en su piel por utilizar los mismos pantalones por días -o quizás semanas- me hace cómplice de todos aquellos que continúan hacia su destino después de que Plácido se cruza en su vida.

 Creo que esta capacidad de sobrellevar la miseria ajena se ha convertido en una vulgaridad que muchos consideran sublime. Tal vez estoy exagerando, y tan solo es instinto de supervivencia. Pero es que, ¡carajo! ¿Qué azarosos eventos decidieron que yo ahora esté escribiendo sobre Plácido -o sobre de lo que su existencia puedo imaginar- mientras él, probablemente, sigue en la misma esquina de Miguel Ángel de Quevedo y Avenida Pacífico?

 ¿En qué “cara o cruz”, se decidió que Plácido siempre iba a cargar con la cruz de implorar lavar un parabrisas para que algún magnánimo cochista le regale una o dos monedas de lo que le sobró del cambio destinado al parquímetro?

 No pretendo convencer a nadie, en realidad creo que escribir a veces es solo una forma de justificarse. Y en este caso, supongo también es una forma de dar testimonio de la existencia de un hombre con una voz desolada y atropellada por una ciudad, en la cual sobrevivir en las condiciones en las que vive Plácido, es un acto de resistencia, y un escupitajo a la probabilidad y al desalmado azar.

 Sin embargo, la realidad es que a pesar de la obstinación de Plácido de plantarle cara al destino que se ríe con ironía del oxímoron en el que se ha convertido su existencia, lo más seguro es que Plácido no tiene plácidos domingos.

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Fragmento De «El Artista Contemporáneo»

Roberto Rosano

Fragmento «El Artista Contemporáneo»

Es necesario que el artista sepa que el arte no es solamente síntoma y reflejo de sí mismo y de su tiempo sino que además tiene el poder de influir en el devenir de los tiempos, pues históricamente el arte tiene influencia sobre los acontecimientos del mundo; así como sobre la hermenéutica futura que se haga respecto a ellos.

Arte e historia están íntimamente ligados en dos sentidos principales: El primero tiene que ver con la capacidad que tiene el arte de profetizar devenires; a partir de ejercer una influencia directa sobre las capacidades cognitivas de la humanidad. El arte puede alterar el curso de la historia al ampliar las categorías de la cognición humana. Y es que cuando un artista plantea una nueva categoría estética, tal innovación permite también la ampliación o refinamiento de nuestras posibilidades cognitivas en general; pues lo estético es una de las formas que utilizamos para comprender el mundo.

Por ejemplo, después de los movimientos de vanguardia (tanto de las ciencias como de las artes) de principios del siglo XX podíamos ver cosas que antes no veíamos. Las vanguardias artísticas nos permitieron ver un sinnúmero de fenómenos que ampliaron el lenguaje artístico y cognitivo de la humanidad: la descomposición de la perspectiva del cubismo, la importancia creativa del inconsciente a partir del surrealismo, la importancia de la dimensión informático-conceptual de una obra de arte y que ahora reconocemos al mismo nivel de importancia de su excelencia técnica en el sentido de su creación material, entre otras muchas cosas. Es decir, nuestra hermenéutica del mundo se amplió a partir de las distintas propuestas estéticas y artísticas que nos planteaban los creadores de esa época y que ahora están cada vez mejor incorporadas en la humanidad (excepto para aquella parte de la población general, que por una educación deficitaria, no ha tenido acceso a tales mitos. Seres humanos, lamentablemente, atrapados en los mitos de otro tiempo).

De igual modo los avances que tuvieron a principios del siglo XX las ciencias naturales y sociales han dado origen a una renovación mitológica completa (con la cual el arte contemporáneo no puede otra cosa que buscar intersección). No es la finalidad de este texto exponer algunas de esas renovaciones, pero vagamente diremos que conceptualizaciones como la de la incertidumbre cuántica, los fenómenos emergentes, la entropía, la información, o la importancia de la estocasticidad en el comportamiento real de muchos fenómenos, han sido algunas ideas científicas parte aguas del mundo contemporáneo.

En segundo momento, ésta ligación entre arte e historia tiene que ver con ser consciente de que lo que sea contado en la posteridad respecto a una etapa de la humanidad dependerá en medida importante de la representación mitológica que nos hayan heredado de sí mismos los humanos de esa época (de su arte). Por ejemplo, no podríamos comprender algunos aspectos del momento histórico-mitológico vivido en el romanticismo sin las obras de Beethoven o los cuadros de Delacroix. Entonces el arte influye enormemente en la manera en que recordamos nuestra propia historia, la hermenéutica del tiempo depende en gran medida del arte contemporáneo de una época.

Si bien el arte es una forma complicada de caracterizar, en la contemporaneidad podemos afirmarla ante todo como una “situación”; que surge o emerge a partir de la interacción comunicativa entre la obra y su observador en un contexto determinado.

Es decir, la obra de arte no consiste exclusivamente en su materialidad fáctica, en ella como objeto que se pretende artístico, sino también en todo lo que se dice sobre ella, todo lo que se discute y se crea a partir de ella.

La colección que un artista presenta al exponer, no es entonces solamente un conjunto de obras materiales, también es un conjunto de historias. Unidas la obra y lo que se dice de ella se constituye entonces como un agente mítico que potencialmente perdurará en la memoria colectiva.

De todo esto se deprenden también consecuencias útiles para el mercado del arte, y es que un coleccionista y amante del arte que quiera enriquecerse a través de ello, deberá poner sus inversiones en artistas cuya propuesta sea verdaderamente contemporánea, asegurando de ese modo no sólo la perpetuidad del movimiento artístico que ha decidido apoyar sino también el crecimiento económico exponencial de lo que adquirió, pues es una obra que será mejor comprendida (y así entonces valorada) en la posteridad.

Tenemos que comprometernos como sociedad a apoyar la sobrevivencia futura de las ideas mejor logradas de la mitología contemporánea y de sus autores más relevantes (en todas las áreas); porque en esa medida irá mejorando también el contexto mitológico de la posteridad, capaz de determinar tanto en la experiencia humana de lo real.

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Los Hombres Que Hacen Reír: Por Qué Escribir Poesía En Idioma Mè´phàà

HUBERT MATIÚWÀA

Los Hombres Que Hacen Reír: Por Qué Escribir Poesía En Idioma Mè´phàà

    En el idioma Mè’phàà, la poesía se nombra de muchas maneras, las definiciones dependen del contexto de la palabra y de quien la hace suya,h por ejemplo, ajngáa xka’tsá / palabra que alegra, ajngáa dxáwua / palabra que aconseja o palabra de las estrellas, anjgáa xawíí / palabra que despierta, anjgáa tsi’yaa / palabra bella, ajngáa yáá / palabra miel, ajngáa tsíama / palabra que vino del tiempo; no existe el concepto que englobe todo, cada palabra en su diferencia hace el todo y cada una tiene su propia estructura poética de acuerdo a su uso.

En la memoria oral están presentes las diversas formas de la creación literaria. La transición a la escritura es reciente pero la poesía de los pueblos indígenas es milenaria, y el hecho de que la diversidad idiomática que existe en México sea cubierta obedece a un proyecto de “nación” y una lógica de canon.

Hay una tendencia de convertir los idiomas en moda, folclorizarlas justo para no tomarlas en cuenta. A pesar de los procesos históricos de cambio en los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas en México, los discursos modernizadores que se ostentan desde las instituciones de Gobierno, la lógica liberadora, el multiculturalismo, interculturalismo y el pluriculturalismo, son mentiras triviales en la formación de una nueva ideología supuestamente “progresista”; para los pueblos indígenas, la esencia del poder no ha cambiado, sólo ha cambiado su estructura colonizante.

El racismo y la discriminación se ven reflejados en todos los aspectos, más aún, se han exacerbado, sobre todo en las zonas conurbanas a los pueblos indígenas: se marcan diferencias de clase en la lengua, la economía, la política; en el campo de la creación literaria, se marcan fronteras entre poetas indígenas y no indígenas, en donde la categoría indígena sirve para referir a toda la diversidad idiomática que existe sin importar su diferencia sustancial.

La abuela decía que nuestros ancestros eran caminantes, que en el camino es donde conocemos a la carne que habla (xàbò) y en ese camino uno encuentra su nombre, no ese nombre común, sino ese que nos da identidad; en ese camino encontré a la poesía.

Recuerdo una tarde, después de la misa de San Miguel, al ver tantos borrachos tirados en las calles, la abuela me dijo: “Hace mucho tiempo los Mè’phàà no conocían la alegría; el tlacuache al darse cuenta de esa situación, fue y robó el pulque a su hermana “la señora del cerro” para dárselo a los Mè’phàà -por esa razón el pulque es baboso, por la baba y la fuerza que puso el tlacuache en él, los Mè’phàà la bebieron y se emborracharon, al poco rato se alegraron, pero más tarde empezaron a pelear; el tlacuache se puso triste, porque en vez de traer la alegría trajo la tristeza. Entonces fue cuando el gusano oreja de olla, le contó que allá, en la otra loma, hay hombres que saben hacer reír. El tlacuache fue a buscarlos, tardó varios días hasta regresar con ellos y trajeron la palabra que cuenta, la que unió los corazones de los Mè’phàà.”

Quince años después su palabra sigue sonando en mi cabeza. Para mí, los escritores son aquellas personas que cuentan, hacen reír, enojar y, a través de su palabra, dejan testimonio del tiempo que les tocó vivir. La palabra es una herramienta que siempre debe construir y reflejar el sentimiento de un territorio.

Cuando la abuela cumplió 85 años, le pedí que me contara las historias de los viajeros: En esas historias me dijo que xàbò/persona quiere decir carne que habla, aquello que te zumba en la oreja y te hace ix ix cuando estas solo en los caminos; en este sentido, xàbò es todo aquello que te interpela desde tu propio lenguaje y lo reconoces por esa manera de hablarte; lingüísticamente xàbò significa gente, persona o humano, referimos que es carne que habla a partir de la significación que la gente le da desde la memoria oral.

Para nosotros los Mè’phàà, todos los seres que viven y vivieron sobre la tierra tienen palabra, pero su palabra es diferente a la palabra de los xàbò, esto no quiere decir que no se dialogue con ellos, sino al contrario, es la base de una ética en donde confluyen varios mundos.

La palabra de la carne es la palabra de este tiempo, es la palabra que se puede poner de acuerdo, sin importar la diferencia entre su hablar: Na Savi, Náhuatl, Tzotzil, Español, etc., lo que importa es que sea carne que habla (xàbò).

La palabra de la carne está encargada de cuidar a las demás palabras, por tanto, es la responsable de la tierra, los cerros, los ríos y de sí misma. Según la memoria oral habrá un tiempo en donde nos encontraremos a todos los seres del mundo, ná mufuíín / pueblo de los muertos; ahí todos podremos comunicarnos en una sola palabra y en ese tiempo la palabra de la carne será juzgada por las demás, por eso hay que vivir con respeto, saber dar y recibir lo justo.

En nuestro tiempo, la importancia de la palabra que cuenta se torna fundamental, es necesario contar a las generaciones venideras la historia que nos dio identidad. Sobre todo, contar de las palabras del río contaminado por los agroquímicos, el de la tierra arrasada por las mineras a cielo abierto, el del tigrillo curtido para adornar las mesas, el de la memoria oral desplazada por el canon literario.

La carne que habla debe crear comunidad ante las políticas violentas que alteran su vida, los Mè´phàà decimos, Murigú Ajngáa ló’ / poner la palabra, la palabra se pone en la mesa para que todos aporten y ella vaya creciendo, es como una comida que se comparte, igual que la poesía, es colectiva.

Para seguir mis estudios, como la mayoría de mis paisanos, tuve que abandonar mi pueblo. Esa tarde la abuela dijo: “Hijo regresa antes de que la lluvia llegue a mis ojos.”

En ese camino, me enteré que nosotros los Mè’phàà somos la cultura más antigua del estado de Guerrero y fuimos la más extensa territorialmente; en la actualidad nuestro territorio quedó reducido a la Región de la Montaña, único lugar en donde se habla nuestro idioma. En la época prehispánica, la lengua Mè’phàà era conocida como Yopi y sus hablantes eran llamados yopes o tlapanecas según el cacicazgo en que tenían asentamiento, siendo la denominación tlapaneca la de mayor relevancia para la historia oficial debido a que “yopes” se asoció al apelativo de rebeldes, este cacicazgo nunca fue sometido por los aztecas y se mantuvo como señorío independiente durante el dominio mexica.

En la universidad leí al filósofo Walter Benjamín, en una de sus tesis sobre el ángel de la historia, reconocí a mi pueblo en la mirada inevitable del pasado para entender el presente. Pienso que mis ancestros dieron todo para que nuestra lengua viviera, para que yo pudiera nombrar el mundo como lo nombro, pienso que en esa mirada del ángel que habla Benjamín se confabula la esperanza para dar paso al futuro en donde nuestro idioma se fortalece ante el olvido.

Me enteré que el maestro de Benjamin, el alemán Walter Leman estuvo en Centroamérica, lo demuestra su obra magistral Las lenguas de América Central. Se doctoró con una tesis sobre el pueblo indígena de Sutiaba. Mi sorpresa fue mayor, cuando supe que la lengua Mè’phàà está emparentada con este idioma, con una distancia de apenas 800 años, por eso nuestra lengua queda clasificada en el tronco lingüística otomangue y en la subfamilia tlapaneca-sutiaba. Nuestros ancestros emigraron a Nicaragua en donde fueron conocidos como Maribios, Sutiabas o Negradanos, de los cuales sobrevive el nombre Sutiaba, pueblo que se encuentra asentado en el actual departamento de León, en la Región del Pacífico. También se encontró evidencia de asentamientos en Costa Rica, donde fue conocida como Sebteba o Seteba.

Esa mirada del ángel de la historia trastocó mis tiempos, llegué a Centroamérica en busca de las huellas de mis antepasados. En Sutiaba, encontré gente que ya no hablaba la lengua, conocí al poeta Enrique de la Concepción Fonseca, quien recordaba varias palabras, pero no podía articular ideas en la lengua Mè’phàà. De él conocí las obras: Diccionario e interpretación del habla de Sutiaba escrito por Adolfo Isaac Sánchez y la Cartilla bilingüe de Sutiaba- Español, escrito por el mismo poeta.
En una reunión con las mujeres de la cooperativa Adiact (nombre del último cacique de Sutiaba quien murió apedreado en la plaza de León) me pidieron que pronunciara palabras en mi idioma, dije: ixè / árbol, rè’è / flor, gu’wá / casa, jambàa / camino, xàbò / persona, nandó jayáa / te quiero, nda’yáa xuajiu’ / extraño mi pueblo; algunas de ellas intentaron repetir mis palabras; miré a mi pueblo en ese sentimiento de impotencia al no poder articular palabra alguna, el futuro me angustió y generó la necesidad de escribir más sobre mi idioma.

La mayoría de los sutiabeños preocupados por recuperar su idioma son poetas, quizá tenga que ver con el oficio, el de ser cuidadores de la palabra. Los Sutiabas y los Mè’phàà, somos de la misma raíz cultural, hijos de la de palabra que trajeron los hombres que saben hacer reír. Queda en nuestras manos unir nuestra historia, porque la de nuestra cultura se ha contado siempre desde afuera: igual que la historia del venado, siempre la cuenta el cazador.

Dicen los abuelos que cuando llega la noche, las ánimas despiertan, buscan nuestros cuerpos para habitar sus deseos y desesperanzas, entonces ocurre el sueño en nuestros ojos, germinan las palabras que se van enredando en nuestra memoria, la llamamos poesía, y en ella confluye la expresión de nuestro estar, hacer y sentir.

Es necesario escribir para relatar los fundamentos de nuestra cultura. Si escucháramos la poesía de una niña, de un joven o un abuelo, esa poesía sería diferente, aunque fueran todos Mè’phàà, cada una en su perspectiva enriquecería nuestro mundo.

Quienes escribimos en nuestro idioma, nos llaman poetas en lenguas indígenas; para mí, la poesía indígena no existe, porque lo indígena es una categoría racial que sirve para diferenciar las clases sociales. Donde viva una lengua siempre va a existir la poesía. Escribir en idioma Mè’phàà es un acto de reivindicación política, para decir que, a pesar de todas las políticas hegemónicas de exclusión y de exterminio, nuestra cultura sigue viva.

La noche guarda secretos, en ella nuestro pueblo configura la esperanza de un mundo mejor, se enseña a los niños las historias que han venido de otros tiempos, como la del tlacuache y hombres que saben hacer reír para unir el corazón de los Mè’phàà. En la noche también arden las vidas que hacen posible que nuestro idioma siga vivo, hay otras noches en las que nuestro pueblo dialoga sobre esa posibilidad que se asoma entre silencios y metáforas, como la construcción de ese amor que es esperanza y a la vez ilusión que se pretende eterna.

La poesía ha reforzado mi identidad como hablante de un idioma que han llamado indígena, me ha permitido caminar en otros pueblos sin olvidar lo que soy, poner oído a las historias de los abuelos para aprender, la poesía me ha dado palabra en mi comunidad, me gusta escribir poesía porque para mí es la voz de la memoria, la voz de un pueblo que da el último aleteo para sobrevivir.

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Un Momento (Fuera) De Lo Común

Kelsang Sangton

Un momento (fuera) de lo común

Imagina que llegas a ese momento de tu vida en el que puedes mirar atrás y sentirte satisfecho con lo que has logrado. Suena bien, ¿no?

Probablemente todos soñamos con ese momento; lo deseamos de corazón y seguramente lo vemos muy en el futuro, en unos años, en unos meses o incluso en las siguientes vacaciones. Interesante que no seamos capaces de concebir, ni siquiera como una posibilidad, que ese momento fuera ahora, sino que guardamos ese ideal para el futuro.

Bien, ahora haz un ejercicio: Intenta leer esto detenidamente. No como cuando lees una revista ordinaria; por favor, toma tu tiempo. Incluso para leer estas líneas, recórrelas poco a poco, date el tiempo de escucharlas mientras las lees con detenimiento, no corras, sólo detente y lee, como si fuera lo único que importara por este momento.

Permite que todo alrededor se detenga, que tu atención se recoja y esté sólo en tu vista recorriendo estas palabras… Todo lo demás, puede esperar… Disfruta de este momento de enfoque y tranquilidad.

Esto que acabas de hacer es la capacidad que tienes para detenerte y disfrutar.

Ahora intenta hacer lo mismo, pero observando tu respiración. Por unos momentos sólo observa mentalmente cómo entra y sale el aire por tu nariz; todo lo demás puede esperar.

Bien, acabas de meditar. Felicidades, es un buen comienzo tomando en cuenta esta ciudad, sus incesantes luces, coches, personas y pendientes.

Todos tenemos la capacidad de tranquilizar nuestro mundo, este mundo que aparece cada día dentro de cada uno de nosotros cuando abrimos los ojos y comenzamos a pensarlo. Si logramos controlar nuestros pensamientos, enfocarlos jugando con nuestra atención, naturalmente disfrutaremos un refugio de tranquilidad que subyace en nuestro interior.

Este es el legado que Sidharta Gautama -el Buda histórico- dejó en este mundo. Consejos simples para disfrutar de satisfacción y plenitud, para dejar de fantasear con ese momento ideal en el que nos encantaría estar -pero casualmente nunca estamos- y hacerlo una realidad hoy. Dejando a un lado la postergación de nuestro bienestar, comenzando a hacer algo para estar bien en este momento, hoy, día tras día, vida tras vida.

No tenemos que esperar a que llegue el fin de semana, las vacaciones o a estar en un retiro en las montañas al otro lado del mundo -lejos de la oficina, el tráfico y la monotoníaa-. Sólo necesitamos aprender a detenernos, respirar y enfocar nuestra mente; sintonizarla con este momento. Aprender a recogernos y disfrutar de este refugio de satisfacción y plenitud, de esta paz interior.

Intenta esto una vez al día durante esta semana, sin expectativas.

Naturalmente irás dándote cuenta que en ti hay una mente clara y relajada. Un descubrimiento interior que serás capaz -poco a poco- de extender, hasta que el día completo sea para ti, aquello que no puedes sino sólo disfrutar.

Sólo intenta, sin empujar; y lo más importante: sé feliz en el intento.

Saludos.

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Desorejados

MANUEL PEREIRA

Desorejados

    En la dantesca iconografía de El Bosco sobresalen dos enormes orejas cortadas, traspasadas por una flecha y atravesadas por una navaja. Las vemos en el panel derecho del tríptico El jardín de las delicias que cuelga en el Museo del Prado. Evitaré el lugar común de referirme a la navaja erecta como símbolo fálico para concentrarme en lo más enigmático: esas orejas cercenadas que evocan la sordera ante la palabra evangélica: “quien tenga oídos para oír, que oiga” (Mateo, 13:9).

 Para el profesor Marius Schneider (maestro de Cirlot): “la oreja es el órgano esencial de la percepción mística”. Fiel a su contexto medieval, para El Bosco las orejas mutiladas son un conjuro diabólico, de ahí que aparezcan en la tercera tabla titulada “El infierno musical”, donde ya ni siquiera oyen el pandemónium. Incapaces de percibir la voz celestial, encarnan la sordera demoníaca.

 La sordera influyó en la pintura de Goya haciéndola más pesimista y sombría mientras que redundó positivamente en el estilo de Beethoven. La oreja que se cortó Van Gogh en enero de 1889 generó dos autorretratos con vendajes, uno con pipa y otro sin pipa. Cuando el pintor holandés se autolesionó, ofreció su oreja a la prostituta Rachel: se trata del ritual taurino que consiste en cortar las orejas al toro y exhibirlas como trofeo simbólico. En un anfiteatro romano de Arlés se celebran corridas desde antaño y en 1888 Van Gogh pintó una lidia en ese ruedo. Castigar -o castigarse- con estas amputaciones se remonta a casi cuatro mil años, como leemos en el Código de Hammurabi: “al esclavo que reniegue de su amo, que se le corte una oreja”.

 En la película Un perro andaluz (Buñuel, 1929) vemos una mano llena de hormigas: obsesión onírica de Salvador Dalí que se repite en los relojes blandos de La persistencia de la Memoria, donde los insectos devoran la mórbida carne del tiempo. David Lynch rinde homenaje a Buñuel y a Dalí con la oreja cortada plagada de hormigas que descubrimos en el minuto 6 de Terciopelo azul (1986). Esa oreja humana extraviada en la hierba equivale a la mano llena de hormigas de Un perro andaluz. A su vez, la oreja que el sádico Sr. Rubio le rebana al policía atado a una silla en Reservoir dogs (Tarantino, 1992) es un guiño a Lynch y, por extensión, al desorejado Van Gogh.

 Tanta violencia acústica devino botín de guerra en 1967 cuando soldados de la “Tiger Force” cortaban orejas vietnamitas para confeccionar macabros collares.

 Mi maestro José Lezama Lima -a quien pocos leen- escribió el relatoInvocación para desorejarse. En Cuba “desorejado” significaba “desfachatado” en otros tiempos. Pareciera que el personaje del cuento es castigado por descarado, aunque se dice al principio que le cortan las orejas para que le entre el sombrero, lo cual sugiere una versión tropical del Lecho de Procusto.

          Cuando arrestan a Cristo en el Monte de los Olivos, Pedro desenvaina su espada y le corta una oreja a Malco. Súbitamente Jesús repone la oreja de Malco en su lugar. Este milagro reaparecerá quince siglos después como conjuro diabólico en las orejas cortadas que El Bosco pintó en su “Infierno musical”.

 Hoy cuando todo es ruido ya nadie oye la música de las esferas de Pitágoras, ni tampoco “el silencio infinito de la noche” de Pascal. Nacemos en la Trompa de Falopio para morir en la Trompa de Eustaquio.

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